VENEZUELA
09/03/2013 - 18h41 | Neirlay Andrade/AVN | Em espanhol

Velorio de Chávez: Tres segundos por una vida de lucha

Su funeral será contado por la suma de los miles de "tres segundos" que se plantaron de cara al sol para firmar con su cuerpo un pacto irreversible de libertad

"No toque el vidrio. No rompa la fila. Camine. Siga por aquí...". Hugo Chávez Frías viste de gala con un traje verde olivo y boina roja. Los puños en alto desfilan a su alrededor. El pabellón tricolor cubre su cuerpo.

Efe (08/03/2013)


Afuera, su "marea roja" le hace frente a un cielo clarísimo y despejado con el precario cobijo de algunos paraguas. La calma es rota esporádicamente por el temor de no lograr sellar con un "hasta pronto" una década de complicidades. En esos instantes, recordando desesperaciones como las de abril de 2002, se oye nuevamente "queremos ver a Chávez".

La respuesta al clamor es irrefutable: "Los tres segundos que tendrán ante el Comandante serán imborrables. No los pierdan por la impaciencia".

Los tres mentados segundos que tarda un venezolano en rendir honores a su líder están precedidos de una eternidad forjada en multitudinarias colas, sometidas a la tiranía de un sol inclemente y apaciguadas por el deseo de decir una vez más "presente".

Antes de la llegada al salón Libertador de la Academia Militar están las conversaciones de la noche anterior, las vicisitudes de un viaje no planificado desde el interior del país, los recuerdos de las movilizaciones pasadas, los reencuentros familiares, la incomprensión del hecho irreversible, el horror de un mal sueño, los cachitos fríos y la bebida caliente.

Al finalizar las procesiones de hasta 24 horas, el dolor se ha modelado por el sudor para convertirse en una serena resignación que se sostiene en un compromiso de continuidad: la consigna "Chávez vive, la lucha sigue" se lanza al viento y aplaca el desgaste.

Efe (07/03/2013)


Las cáscaras vacías de naranjas y las botellitas de agua apisonadas en el barro marcan el sendero desde alguna calzada del paseo Los Próceres hasta la estatua ecuestre del Libertador, última escala antes de divisar el ataúd con los restos del líder de la Revolución Bolivariana.

No bastó repetir incesantemente los versos de Alí Primera: al que murió por la vida se le lloró. La dureza de rostros trajinados por el sufrimiento se quiebra en la escalinata mientras el pasaje "canta canta compañero / que tu voz sea disparo" insiste en ser un mitigador.

Viejas con vestidos sucios, llenos de polvo mantienen una dignidad que no cede a los "espere un momento" de las fuerzas de seguridad. Una de las doñas es Marlene Venegas, conocida como la Caperucita Roja, un emblema del imaginario popular: "el legado de Chávez es esta revolución ¡quién dijo miedo! Se hizo héroe como Bolívar, pero no aró en el mar".

A la sombra mínima de un cañón, Del Valle Brito reposa sus pies cansados. Llegó a las dos de la madrugadas desde San Félix, estado Bolívar: "Él se lo merece y ahora hay que responder. Sembró unas semilla y debemos regarla para que crezca y se multiplique a nivel mundial".

Un sucesión vertiginosa de pequeños detalles alimentaron el tercer día de duelo: el beso de Mahmud Ahmadineyad y su puño al cielo; las lágrimas de Alexander Lukashenko, acompañado de su hijo; los susurros de Evo Morales; el vozarrón de Cristóbal Jiménez; y las manos juntas de los hombres y mujeres que tienen la titánica tarea de darle continuidad al proceso de trasformación.

El funeral de Hugo Chávez no será contado por La Historia, sino construido a modo de rompecabezas por la suma de los miles de "tres segundos" que se plantaron de cara al sol para firmar con su cuerpo un pacto irreversible de libertad.

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