Sexta-feira, 16 de janeiro de 2026
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El asalto al Fuerte Tiuna, el 3 de enero, en medio de una operación masiva ordenada por Donald Trump, establece una nueva y peligrosa correlación de fuerzas para la revolución bolivariana. Más que un nuevo peldaño en la escalada iniciada en septiembre del año pasado, representa un golpe directo contra el mando del Estado, al convertir al presidente Nicolás Maduro y a su esposa, Cilia Flores, en prisioneros de guerra.

Más de cien hombres y mujeres murieron durante la agresión, la mayoría resistiendo heroicamente a la incursión norteamericana. La ineficacia del dispositivo de defensa del líder chavista, sin embargo, agudizó el escenario. En las primeras horas, dentro y fuera de Venezuela, junto al repudio al crimen imperialista, se sembró un clima de duda y aprensión.

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El panorama fue volviéndose menos nebuloso en los días siguientes. La Casa Blanca había sido capaz de arremeter ferozmente contra el centro neurálgico del chavismo, pero sin condiciones para establecer una alternativa de poder, un nuevo gobierno liderado por grupos leales a Washington. El propio Trump descartó a María Corina Machado, la figura más destacada de la extrema derecha.

Por un lado, la Venezuela chavista, ahora sin su máximo conductor, quedó acorralada por las tropas norteamericanas, con su inmensa superioridad aérea y naval, capaces de bloquear el país y herirlo gravemente. Por otro, Estados Unidos demuestra un enorme potencial de presión exterior, pero sin las cartas para derrotar estratégicamente al enemigo, que continúa gobernando.

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Se trata de una situación de equilibrio precario, como es evidente. Hasta donde es posible entender en sus modos erráticos, el presidente norteamericano, aprovechándose de la ventaja actual, trata de exigir las concesiones más brutales e intenta desmoralizar al gobierno chavista, ahora liderado por la presidenta interina Delcy Rodríguez. Lo presenta como un títere en sus manos y alimenta los rumores más sórdidos de traición del nuevo núcleo dirigente a Nicolás Maduro.

Estos rumores, despropósitos, son amplificados por la prensa occidental y sus aliados, en un intento de derribar al movimiento creado por Hugo Chávez, contra el cual han blandido armas durante tantos años – muchas veces con la simpatía de círculos de izquierda influidos por ideas liberales o simplemente engañados por la narrativa emanada desde Estados Unidos y Europa.

Trump no tiene una solución a corto plazo para esgrimir contra el gobierno chavista, pero quiere deshidratarlo al máximo posible, hasta que se desarrolle alguna salida capaz de unificar a sectores civiles y militares dispuestos a someterse a los intereses norteamericanos, con suficiente representatividad para relegar al chavismo al pasado y restaurar el viejo Estado oligárquico.

Presidenta interina, Delcy Rodríguez, opera para mantener cohesionado el bloque histórico chavista y movilizada su base social
Vicepresidencia de Venezuela

El chavismo, por su parte, también necesita ganar tiempo y evitar un enfrentamiento militar abierto. Se sabe perfectamente que China y Rusia no están disponibles para erigir un escudo de protección, además de los daños provocados el 3 de enero en el sistema de defensa y de las dificultades naturales que supondría cualquier choque frontal contra la superpotencia.

La presidenta interina opera para mantener cohesionado el bloque histórico chavista y movilizada su base social —denunciando la agresión imperialista, reafirmando la soberanía nacional y exigiendo la liberación inmediata de la pareja presidencial—. Entre sus incontables tareas, Delcy Rodríguez necesita mantener el funcionamiento del Estado, reactivar el ánimo de las calles y cicatrizar las heridas del ataque sufrido.

También intenta ampliar las alianzas internas, a pesar de la hegemonía del PSUV sobre todas las instituciones, buscando un arco más amplio de apoyos para defender la supervivencia de la nación. La excarcelación de presos, ya en curso, forma parte de esa estrategia de distensión interna.

El chavismo atraviesa, sin embargo, un momento que podría compararse con el de la Revolución Rusa en las negociaciones de Brest-Litovsk, en los primeros meses de 1918, aún durante la Primera Guerra Mundial, cuando Alemania presentó reivindicaciones absurdas para un acuerdo: el control de territorios que contenían un tercio de la población rusa, el 50% de la industria y el 90% de las minas de carbón.

Los bolcheviques tuvieron que elegir entre luchar y negociar. Lenin analizaba que el principal anhelo popular era poner fin al conflicto armado, más aún con el viejo ejército zarista destrozado y el país militarmente debilitado. La revolución dependía de la paz, aunque el costo fueran concesiones vergonzosas, a la espera de que un levantamiento popular en la propia Alemania pudiera retirar el garrote del cuello ruso.

Aun así, apenas dos meses después de firmado el tratado con el imperio prusiano, las fuerzas contrarrevolucionarias lanzarían al primer Estado socialista a una brutal guerra civil, con la invasión de catorce ejércitos extranjeros. La joven republica triunfaría en 1922, como se sabe, pero esa es otra historia.

En la Venezuela de hoy, el petróleo es el precio a pagar para comprar alguna tregua, hasta que la situación dentro y fuera de Estados Unidos pueda abrir otro camino. Por ahora, las tratativas sobre esta riqueza energética siguen términos comerciales relativamente tradicionales, pero nada está garantizado. Si fuera posible sortear el enfrentamiento hasta las elecciones parlamentarias norteamericanas de noviembre, tal vez se establezca una perspectiva menos peligrosa, con una eventual derrota de los republicanos.

Probablemente el futuro del chavismo y de la república bolivariana dependa de negociaciones infames, pero ineludibles, como ocurrió hace más de cien años con la Rusia sovietica. Como en todo proceso revolucionario, la cuestión fundamental es la del poder político. El petróleo se pierde y se recupera, así como otras riquezas, si fuera el caso, siempre que el Estado no vuelva a manos de las antiguas clases dominantes o de una potencia imperialista.

El mayor desafío de Delcy Rodríguez, en esta etapa dramática, no está en los movimientos épicos y voluntaristas que siempre fueron la cara más seductora del chavismo, sino en el liderazgo para reagrupar las líneas de defensa, hasta la emergencia de nuevos tiempos, cuya posibilidad no depende solo de la izquierda venezolana.

Esta orientación ya venía siendo implementada por el presidente Nicolás Maduro antes de su secuestro. En manos de la sucesora temporal, curtidas por muchos años de combate a su lado, está la misión histórica de llevar el barco, en plena tempestad, a un puerto seguro.

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